No está en la naturaleza de los animales desconfiar de las asociaciones que velan por su protección. Si algún superdotado ejemplar, a título personal, hubiera sentido esa aprensión, lo primero que le habría escamado es el nombre de la entidad encargada en Hollywood, la American Humane Association (AHA). Lo primero, y en esto coinciden con algunos humanos, porque su patria no es un territorio geográfico concreto, sino otro muy distinto hecho de recuerdos, afectos y recompensas. Lo segundo es todavía más obvio: lo mismo que en el logo de una asociación de vegetarianos nunca se debería manejar el término carne, en el de una de animales, por delicadeza, no debería aparecer el género humano, ya que si bien es la especie que los defiende, es también la especie de la que necesitan ser defendidos.

Lo único claro con respecto a la AHA es que nació en 1877 con una denominación más cabal, Asociación Internacional Protectora de Animales. Eso, y que a partir de una fecha indeterminada, es la valedora oficial del bienestar animal en los sets de rodaje hollywoodienses. Su nombre, como su cometido, fueron variando y los datos sobre las tareas cinematrográficas de la asociación son confusos. Según unas fuentes, fue en 1940 cuando recibió el encargo que, si bien no cambió la incierta historia de los animales en rodajes, si lo hizo con la de los títulos de crédito, al añadir la lapidaria frase:

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Ningún animal resultó herido. Otras fuentes apuntan al largo, por todo lo demás olvidable, El clan de los Doberman, de Byron Chudnow (1972), como el primero en el que se asegura, para alivio de los espectadores, que ningún animal sufrió daño durante el rodaje. Para un tercer grupo, esta ONG fue invitada a los rodajes tras la masacre animal que perpetró Michael Cimino en La puerta del cielo (1982). A pesar de lo difuso de los objetivos y de las noticias que la mencionan, es innegable que el eslogan de los títulos de crédito sí que les salió redondo (yo lo quiero para una taza o para una camiseta, a ver si en 2017 sustituyo el de I Love NY, que ya va siendo hora).

No Animals Were Harmed. Podemos imaginar la suerte que corrieron algunos de los caballos que daban cepazos en las pelis del oeste, los de las cuádrigas de Ben Hur, así como los más contemporáneos de la saga de El señor de los anillos. Podemos prestar oídos al rumor que dice que Peter Jackson descuidó a los animales entre toma y toma de El Hobbitt (2012) por haber despedido a varios cuidadores, por lo que murieron casi veinticinco caballos, además de cabras, ovejas y gallinas. Podemos plantearnos el mal uso de los efectos 3D en La vida de Pi (Ang Lee, 2012): tanta trampa visual para terminar poniendo al límite del ahogamiento al tigre Richard Parker, por quien tan solo veló su cuidador, gracias al cual se salvó, a pesar de que la AHA estaba allí. Una de las últimas noticias en castellano que vierte dudas, no solo sobre la supervisión de la asociación en los rodajes, sino sobre su fiabilidad a la hora de poner su sello en una producción es ésta

Son muchos los indicios que nos hacen coquetear con la idea de la inutilidad de la American Humane Association… hasta que llegan los títulos de crédito y con ellos las palabras mágicas, las que nos tranquilizan, nuestra diversión no ha supuesto el sufrimiento de animales, qué alivio. No Animals Were Harmed. Y a la AHA le queda la justificación de que, si bien no siempre es verdad, por lo menos, sería lógico que así ocurriera.

En la casa, los rodajes con animales, como el de Memofante, siempre han sido satisfactorios para todas las partes, gracias a tres factores: a las posibilidades que da el 3D; a que los bichos para cine y TV suelen ser colaboradores y, sobre todo, a que tienen unos cuidadores y adiestradores a la altura del término que define su profesión. ¡Ah! Y lo hemos hecho todo sin la AHA.